No quiero un álbum que me haga parecer que tengo recuerdos, quiero recuerdos de verdad, de esos que erizan la piel, de esos que te hacen sonreír e incluso de esos que te hacen enfadar.
No quiero un álbum con miles de fotos en las que aparezcan personas de las que mañana no recordaré ni su nombre, quiero fotos solo con aquellas personas que llegado el momento, podamos verlas y reírnos de ellas. Con esas personas que aunque no vea todos los días, están siempre. Con ellas.
No quiero amontonar fotos en móviles y cámaras que no tengan sentido porque no importan, quiero las fotos necesarias para cuando no me acuerde de algo poder tenerlo ahí para recordármelo. Que verlas me traigan sentimientos y no momentos, porque no hay nada más bonito que sentir que el recuerdo de algo sigue vivo.
No quiero un álbum vacío aunque tenga miles de fotos, quiero la cabeza llena de recuerdos que contarle a la gente que me rodea y la capacidad de transmitirlo con la mayor emoción del mundo.
Quizás por no querer nada de eso he aprendido a amar el hecho de estar con otra persona sin tener tecnología de por medio. Quizás porque me he dado cuenta de lo vacío que sería contar que nos sentamos en la misma mesa a hablar pero con otras personas por un móvil, que no nos miramos a la cara, que no nos sonreímos sino al marchar. Y es por eso que cada vez me sorprende más cuando veo una mesa llena y cada uno mirando su pantalla, solo hablando entre ellos para sacarse una foto, ¡postureo allá donde lo haya! Porque la foto que haga parecer que tiene amigos no puede faltar. Probablemente ni se acuerde de su nombre al día siguiente porque ni siquiera le importa, porque solo la ve de tres al cuarto; pero es esa persona, la que se mantiene ahí, con la que debería crear recuerdos.