No quiero un álbum que me haga parecer que tengo recuerdos, quiero recuerdos de verdad, de esos que erizan la piel, de esos que te hacen sonreír e incluso de esos que te hacen enfadar.
No quiero un álbum con miles de fotos en las que aparezcan personas de las que mañana no recordaré ni su nombre, quiero fotos solo con aquellas personas que llegado el momento, podamos verlas y reírnos de ellas. Con esas personas que aunque no vea todos los días, están siempre. Con ellas.
No quiero amontonar fotos en móviles y cámaras que no tengan sentido porque no importan, quiero las fotos necesarias para cuando no me acuerde de algo poder tenerlo ahí para recordármelo. Que verlas me traigan sentimientos y no momentos, porque no hay nada más bonito que sentir que el recuerdo de algo sigue vivo.
No quiero un álbum vacío aunque tenga miles de fotos, quiero la cabeza llena de recuerdos que contarle a la gente que me rodea y la capacidad de transmitirlo con la mayor emoción del mundo.
Quizás por no querer nada de eso he aprendido a amar el hecho de estar con otra persona sin tener tecnología de por medio. Quizás porque me he dado cuenta de lo vacío que sería contar que nos sentamos en la misma mesa a hablar pero con otras personas por un móvil, que no nos miramos a la cara, que no nos sonreímos sino al marchar. Y es por eso que cada vez me sorprende más cuando veo una mesa llena y cada uno mirando su pantalla, solo hablando entre ellos para sacarse una foto, ¡postureo allá donde lo haya! Porque la foto que haga parecer que tiene amigos no puede faltar. Probablemente ni se acuerde de su nombre al día siguiente porque ni siquiera le importa, porque solo la ve de tres al cuarto; pero es esa persona, la que se mantiene ahí, con la que debería crear recuerdos.
Desde hace tiempo no paro de escuchar comentarios al nivel de “una chica con ropa deportiva no es sexy”, “¿un pantalón deportivo? que feo es eso”. ¿Perdón? Gente, despertad de una vez. Confundimos sexy con enseñar, ¿cierto o no? Cuando pensamos en una chica sexy, tendemos a imaginar una persona en ropa interior o, en su defecto, en un traje corto y embutido. ¿Realmente este es el punto en el que nos encontramos? Hablamos de una sociedad de igualdad, y en pleno siglo XXI sigo sin verlo. Al contrario, sigo viendo una sociedad machista en donde la mujer se aprecia como icono sexual.
Muchas veces pienso en los pequeños avances que se han conseguido pero ¿de qué sirve si vas por la calle y escuchas comentarios de estos? Se define a una mujer por su vestimenta, pero lo peor es que estos comentarios provienen de ambos géneros. Una mujer no es sexy por la ropa que lleva, una mujer es sexy por su forma de ser, aprendamos eso. La ropa no viste a una persona, es la persona quien tiene que vestir la ropa. Es amoldar tu forma de ser a las prendas que llevas, es demostrar que da igual lo que lleves porque tienes confianza en ti. Para mí, eso es una persona sexy, una persona segura de sí misma, una persona que se ve bien con lo que lleva puesto aunque sea lo más ordinario que tenga en el armario.
Una persona puede ir vestida con las mejores marcas y con la ropa más bonita que pueda encontrar, pero ¿de qué sirve?. ¿De qué sirve si después habla y no sale de tres temas de conversación encasillados? ¿De qué sirve si es incapaz de vivir por sí mismo? ¿De qué sirve una buena vestimenta si no se es capaz de llevarlas con seguridad? Dejemos de preocuparnos por las vestimentas de este u otro, centrémonos en ser felices con nosotros mismos y en mejorar nuestra autoestima. Vivimos en una sociedad basada en el disfrute del resto y no de la persona propia. Dejemos de encasillar a la gente por su vestimenta y, sobre todo, dejemos de ver a la mujer como icono sexual y nada más. Una mujer en ropa deportiva es igual de bonita que una con un escote.
¿Nunca has tenido esa sensación de estar arriesgando todo lo que eres? Esa sensación agobiante de que estás a punto de derribar todo lo que has construido. Pero a la vez piensas, ¿qué puedo perder? Quizás el tiempo que has tardado en moldear esa estructura de hierro a tu cuerpo, a tus sentimientos… ¿Qué más dará? ¿Por qué nos preocupamos por lo que nos pueda doler a la larga? Y probablemente pensarás “habló la indicada”… A veces, los que lo han experimentado en su propia piel saben más de lo que parece.
Levanta, abre la ventana y mira al cielo, ¿te preocupa que llueva? No, disfrutas del aire y de los rayos de sol que llegan… ¿Por qué preocuparte entonces por lo que vives? ¿Por qué no … vivirlo?
Sigue de pie, mírate en el espejo y sonríe. Sonríe por todo lo que eres hoy. Mírate y disfruta hasta de los más pequeños complejos. ¿Por qué te vas a preocupar por lo que otros piensen de ti? ¿Por qué no sencillamente vivir en paz contigo?
Camina, y ahora, solo por un minuto, piensa en cualquier persona. ¿Qué recuerdas? ¿Una mirada, una sonrisa, un simple momento? Quizás un enfado, pero ¿y después? Da igual en quien hayas pensado, siempre ocurre lo mismo. Tendemos a recordar los malos momentos pero se nublan por los buenos a la larga.
Sigue caminando, ahora mira a esa persona que hace sentir que todo se va, que por una vez, hace sentir que aunque tu mundo esté temblando… merece la pena arriesgarse. ¿Sigues preocupándote?
Y cuando más inoportuno crees que es el momento, esa persona llega y te mira como esperabas que lo hiciera hace mucho tiempo. ¿Y qué más dará? te preguntas, ¿ya es tarde no?. Es esa persona a la que le dirás : “eres la indicada en el momento menos indicado”, y dejarás que se pierda el tren. Dejarás que se vaya por cobardía, no permitirás que entre en tu vida porque temes sentir algo y llegará el momento, ese preciso momento, en el que ya no esté y te arrepentirás de que no se quedara… "¿Por qué?” La verdad es que ya no importarán las causas, sencillamente será tarde.
Nos excusamos en instantes para alejar a la gente, buscamos pretextos para no salir de nuestra zona de confort, para mantenernos seguros… Y así olvidamos que cuando la persona correcta llega, debemos aprovecharlo. Porque a veces no tienen que pedir que les queramos, lo haríamos de igual manera.
Y acostumbrada a que me falte el mundo, él le dio forma. Y ahora, más que nunca, me da igual que me falte, me da igual donde quede y de la misma manera, no me importan los principios y mucho menos los finales, no me importa la oscuridad y no me importa la luz. Me tengo a mí y por alguna extraña razón, él comparte esa alocada forma de vivir, ¿qué más da lo que quede entonces? Por mí, que me falte el mundo.
Retroalimentación. Sin duda, esa era la palabra que definía su estado actual. Seleccionando ideas, eliminando errores, mejorándose. Trabajando en su futuro, viviendo su presente, olvidando su pasado. Quizás a la larga no sirviera de mucho pero para ella era importante, en este momento nada podría hacer que se sintiese mejor.
Nuevos objetivos, sí, eso era lo que necesitaba sin duda alguna, necesitaba motivarse con metas imposibles, o que simplemente se lo parecieran. Más de una vez corrió en dirección contraria cuando se le presentaron problemas pero esta vez no sería así, estaba decidida a enfrentarse a cualquier obstáculo. Ni siquiera pensaba lo que escribía en ese papel que tenía delante, solamente se dejaba llevar por lo que creía que precisaba.
Antes carecía de valor y ahora le sobraba. ¿Qué más daba fallar? El camino hacia el éxito Hacía mucho tiempo que no salía todo lo que llevaba dentro, todo el coraje, toda la rabia acumulada por cada una de las veces que le habían fallado. Todo había pasado por algo, ahora lo sabía, todo cobraba sentido. Había más luz en la oscuridad de la que creía.
Se levantó de la silla y se quitó las esposas que la tenían atada a ella. Le hablaban de venganzas pero su mente iba más rápido, había planeado todo, no le hacía falta ayuda, estaba sola. Nunca había estado tan cerca de ver la verdad con tanta claridad, no necesitaba a nadie más para cumplir toda su lista. Las venganzas no eran para ella, haría lo que tenía que hacer y todo acabaría. Saldría de esa, lo sabía. No importaba lo que dijeran ahora, ¿dónde estaba el problema? Ella era su único límite, la única persona que se había interpuesto para conseguir ser feliz, ¿el resto? Simples excusas que se ponía día a día. No quería involucrar a nadie, cogería sus cosas, haría la maleta y viajaría. Viajaría por cada punto de la lista a un sitio, cumpliría un deseo por lugar y volvería cuando estuviera totalmente completa. Sí, aunque había visto el fallo sabía que no estaba todo solucionado. Tenía que superarlo.
Empezaría a eliminar problemas, a eliminar a cada persona que le había dañado en los últimos meses y abandonaría por completo la visión negativa. Sí, era su momento y ella lo sabía. Ya nadie más importaba.
Y sintiendo como las lágrimas caían se negó a seguir llorando por alguien sin nombre en su vida ya, cerró los ojos y dejó que los recuerdos volasen lejos. Nunca entendería porque cada vez que alguien la rozaba de esa manera sentía ganas de huir, creía olvidado todo el dolor pero los nervios volvían cada vez que llegaba un solo sentimiento, sí, esa no era ella. Le había costado mucho tiempo ser la dama de hierro, aquella chica que veía pasear el amor como si fuese un desfile ajeno a ella como para que cualquiera saltase la muralla. Se volvía a escudar en las mil y una excusas que tenía. Ojalá pudiese ver en lo que ella se había convertido, ojalá pudiese ver el sufrimiento que cargó para ser como es ahora. Y aún así, ella era la que seguía llorando y la que merecía sonreír.